domingo, 30 de noviembre de 2008

Amor




Aquel hombre estaba realmente desolado: llevaba mucho tiempo sintiéndose cada vez más solo y lamía a cada instante sus presuntas heridas porque -se lamentaba- no lo quería nadie.

Dejándose llevar por el lado masoquista que cada uno lleva dentro (algunos también lo portan ostentosamente por fuera), se fijaba especialmente en la letra de la mayoría de sus canciones preferidas o en el argumento de casi todas las películas o novelas, hojeaba ávidamente las revistas -no sólo del corazón...- que llegaban a sus manos o prestaba su tiempo y aparente atención a cuantos quisieran desahogarse con él, hablando sin piedad y sin cesar exclusivamente de sí mismos.

Aquel hombre comprobaba que, salvo rarísima excepción que no hacía más que confirmar la regla, el asunto monotemático era el amor, sólo el amor y nada más que el amor (aunque sería más exacto en este caso sustituir el término "amor" por "desamor").

Aquel hombre descubrió con el paso del tiempo que el planeta Tierra giraba realmente sobre un único eje, muy a menudo chirriante: el deseo de querer, el deseo de ser querido, también la ausencia del querer, el desamor. Y por ello mismo, aquel hombre, cuando pensaba en el verdadero lugar que ocupaba en el mundo, se sabía marginal y marginado, en el punto más alejado y distante de dicho eje, en el núcleo mismo del desamor.

Sin embargo, cuando se ponía melancólico y recordaba de qué iban aquellos primeros versos escritos en su adolescencia, los primeros sinsabores o ensoñaciones románticas de sus años mozos, o si -para colmo de males- le daba un ataque de filosofía y se preguntaba por qué o por quién estaría dispuesto a arriesgar su vida... el amor y el desamor casi siempre estaban de por medio...

Aquel hombre, sí, estaba hecho un lío...

La permanente presencia del amor (desamor...) allí por donde fuera o le llevaran lo dejaba la mar de pensativo, pero sobre todo muy herido en su susceptibilidad, pues sentía lesionada su autoestima: mientras el amor parecía pulular por el mundo como el polen de las gramíneas en primavera, él continuaba siendo para todos (sobre todo para sí mismo) una incógnita indescifrable, pues un día tras otro le tocaba asumir exclusivamente el papel de espectador (a veces también de carabina discreta y silenciosa de algún que otro presunto amigo).

Sin embargo, al mismo tiempo se quedaba asombrado, pues constataba por doquier cuán desgastada está la palabra “amor” y sus sinónimos. “Amor mío”, "cielo", "tesoro", "querido", “te amo”, “estoy enamorado” y un montón más de expresiones análogas se repetían incansablemente chicos y chicas de buen ver en todas y cada una de las películas y telefilmes que aquel hombre veía, a menudo con y por aburrimiento.

Por si fuera poco, en plena calle, en cualquier carretera o en la chapa trasera de los automóviles podían verse frases tan lindas como “yo amo la pizza napolitana” o “yo amo New York” (o Remolinos o Tauste o los colchones Pikolín o el Manchester United...), con un corazón en medio, haciendo las veces de aquel amor tan pública y notoriamente declarado.

Otras veces, en cambio, el amor dormía a pierna suelta en la cama sin fronteras de la oralidad freudiana, adquiriendo caracteres eminentemente gastronómicos (“me gustas”, "estás para comerte" o incluso "estás para mojar pan"..., estrechamente emparentados con "me vuelven loco los emparedados de bonito y de queso" o "no puedo vivir sin mi té con limón a las cinco"), o -realizando un triple salto mortal semántico- alcanzaba los reinos más dispares y variopintos de la fauna y la flora terráqueas e incluso del universo entero (“adoro los perros caniches”, "amor por la naturaleza" o "al amor de la lumbre"...).

En otras ocasiones, la expresión rozaba con los dedos de los pies las arenas movedizas de la anfibología (“te quiero”, "¿quiere usted la ensalada de la casa?", “te aprecio”, "no aprecias acertadamente los diferentes matices de colores en este mural", “hacer el amor”, "hacer el ridículo", "hazme, por favor una tortilla francesa de dos huevos", “profesionales del amor”, “amante”, “amor filial”, “amor conyugal”, “por amor de Dios”, “amor terrenal”, “filantropía”), o constituía todo un magnífico ejemplo de juegos malabares con el lenguaje de difícil comprensión (“amor físico”, “amor platónico”, “hacer algo ‘por amor’ al arte”...).

En algunos casos, el término se limitaba a describir hechos y estados de cegadora evidencia (“el amor es ciego”...), y en otros se batían incluso las plusmarcas más inimaginables de la catetez y del palurdismo celtibéricos (neologismos necesarios éstos, para definir cumplidamente aquel anuncio publicitario de hace años de unos conocidos grandes almacenes hispanos: “Yo amo... ¡las rebajas!”).

En resumidas cuentas, llamaba poderosamente su atención el hecho de que casi nadie supiera a fin de cuentas precisar qué es eso del amor. Así, aquel hombre comprobó repetidamente que, según los casos, aparece como algo apreciado, denostado, ansiado, vendido, manipulado, adorado... Observó también que, en el colmo de la alienación personal y la enajenación social, hay quienes pretenden tener la exclusiva de reglamentarlo y hacen gala, cual excelsa dedicación profesional, de su presunto deber institucional de anatematizar a cuantos no acaten sus códigos morales.

Constató asimismo, a fuerza de oír, cavilar e imaginar, que hay días en que el amor hace rozar la felicidad, mientras que en otros hunde su daga dolorosamente en el corazón o invade todo de nostalgia debido a su ausencia o su carencia....

Llegó a escuchar incluso que, en unas ocasiones, parece inocente; en otras, en cambio, laberíntico. Ítem, que a menudo se muestra fugaz, surge y se desvanece como un rayo o como una nubecilla veraniega, apenas deja huella y a la bravura del oleaje le sucede pronto la calma chicha del olvido. Aquel hombre, claro está, sabía todo eso principalmente de oídas, lo que no obstaba para que el amor, al mismo tiempo, apareciera a sus ojos cada vez más intrincado y deseado.

Un día aquel hombre conoció a una mujer. Se sintió afortunado, amén de conmocionado y conmovido. Se casaron tres años, siete meses y veinticinco días después. Al principio, apenas salían: querían estar sólo juntos, amándose tierna o ferozmente, según los momentos y sobre todo según la variable meteorología del alma y del cuerpo.

Según va diciendo por ahí un amigo común, aquel hombre lleva ahora en el cristal trasero de su coche una pegatina en la que se lee: "Yo -(corazón)- Benidorm". De lo que se deduce que, con toda probabilidad, suelen veranear en dicha localidad mediterránea. Dentro, en pleno salpicadero, sobre tres fotografías (esposa, más la parejita), un mensaje quizá poco original, pero sin duda sincero: "Papá, no corras". También un San Cristóbal y un banderín del equipo de fútbol de su ciudad.

Lo cierto es que ahora se siente otro hombre. Y apenas se pregunta ya qué es eso del amor. Queda por saber si se debe a que tiene muy clara la respuesta o a que tiene muy oscura la pregunta misma.

En cualquier caso, aquel hombre dice dormir mejor por las noches. Aunque a veces su mujer le deja escasos centímetros de cama y le recrimina sus ronquidos.

No obstante, algunas noches, el dormitorio a oscuras y su mujer a su lado, aquel hombre esboza una sonrisa, amplia y tranquila, a la vez que musita hacia sus adentros: “la quiero, la quiero... me quiere, me quiere...”


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