martes, 14 de diciembre de 2010

Las preguntas que no hace PISA


Conocimos la semana pasada  el informe PISA correspondiente a 2009 que, cada tres años, evalúa el nivel de la enseñanza secundaria en 65 países. Como viene siendo habitual, algunos países asiáticos y Finlandia alcanzan niveles muy altos en los tres registros analizados (comprensión lectora, competencia matemática y competencia científica), mientras España sigue sin alcanzar la media de los países desarrollados, lo que algunos achacan a que el 36% del alumnado español de quince años que realizó las pruebas eran repetidores (en Finlandia, por ejemplo, solo el 5% de repetidores), lo cual, lejos de ser una excusa explicativa, es un motivo añadido de preocupación: ¿qué sistema educativo tenemos para que el 36% del alumnado no haya promocionado curso y a la vez, al curso siguiente, sea considerado un lastre y una rémora?
 Seguramente, la deficiente comprensión lectora de un alumno medio de quince años se debe pura y simplemente a que, salvo excepciones que confirman la regla, no lee ni le gusta leer, por lo que la cuestión real estriba quizá en conocer por qué esa cierta alergia a la lectura y si no se le ha ido creando un cierto reflejo condicionado aversivo hacia el libro en general a través de las lecturas obligatorias que han debido realizar desde hace años. El Poema del Mío Cid, Cervantes o Pereda no son la base para crear niños lectores, sino la culminación final de todo un aprendizaje lector. Produce, sin embargo, estupefacción que en no pocos casos se les inocule básicamente desde los cinco a los dieciséis años la preocupación de que lo importante es distinguir la oración principal de la subordinada, identificar el monema, el lexema, el morfema, el sintagma nominal y el preposicional o aprender las peculiaridades estilísticas  y las obras principales de una ristra de escritores universales.
En resumidas cuentas, leer, escribir y hablar bien (¿acaso no es eso la lengua?) se escinden, salvo las mismas excepciones que confirman la regla, en un divorcio de difícil arreglo: por un lado, la vida real y cotidiana de unos adolescentes y, por otro, el mundo académico que deben afrontar curso tras curso con el objetivo fundamental de aprobar lo que le echen. ¿Es que leen más sus padres o sus abuelos? ¿Cuánto se lee en la sociedad española? Y cuando se lee, ¿qué tipo de lectura? ¿No se quiere empezar la casa por el tejado con el alumnado de Lengua y Literatura Española?
Cuando faltaba algún profesor y debía ir a algún aula  por estar de guardia para hacerme cargo de aquella clase, procuraba que esos alumnos aprovecharan el tiempo adelantando tareas y deberes, y a la vez  solía pedir a alguno de ellos su libro de Ciencias Naturales porque, en cualquier nivel, me parecía que tocaba temas fascinantes. Algunos chavales me miraban incrédulos, pues no les podía caber en la cabeza que me gustasen esas cosas. El hecho es que a menudo me quedaba pensativo, rumiando su actitud refractaria hacia el descubrimiento del mundo. Me pregunto ahora si los autores y evaluadores del Informe PISA 2009 han preguntado algo también a este respecto al alumnado medio de Naturales.
Llevo muchos años ya preguntándome también si nos ha servido alguna vez en nuestra vida (descontadas las personas que científica y profesionalmente se han dedicado a materias y actividades relacionadas con la matemática) saber dividir dos quintos entre cuatro séptimos o calcular el punto exacto de encuentro entre dos trenes que parten de estaciones distintas y se cruzan en un momento del trayecto. PISA  pregunta ahora sobre autos de carrera o sobre el área del entretecho ABCD de una casa de campo con techo en forma de pirámide. Problemas sencillos si se comprende el planteamiento mismo, pero que llevan produciendo desde hace años estupor cerebral a buena parte del alumnado porque “las matemáticas son difíciles y aburridas”. Además de analizar los resultados deficientes en competencia matemática del alumnado español de quince años de edad, habría que plantearse con urgencia si no hay que revisar radicalmente los contenidos y los programas, y sobre todo las formas de enseñar y de evaluar.
España flota desde hace siglos en el océano de la enseñanza al pairo de la dejadez, el marasmo y la calma chicha. Para explicar los mediocres resultados de PISA 2009, no se debe olvidar que a mediados de los setenta el 10% de niños de 6 a 11 años aún no estaban escolarizados; que de los 12 a los 14 años, solamente un 65% iba a la escuela, y casi dos tercios de los jóvenes de entre 15 y 16 años no seguían estudios secundarios posobligatorios; que en el año 1980, la cuarta parte de la población mayor de 16 años era analfabeta funcional o carecía de estudios. También estos datos explican bastantes cosas.

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