sábado, 30 de julio de 2011

¡¡FELICES VACACIONES!!


Una buena clase de lengua y filosofía


Siglas, hambre, guerras, timos

Artículo publicado en ATTAC
Sacaron sus pieles de cordero para disparar a discreción sus misiles y bombas en Libia a fin de “proteger a la población civil”, al igual que se las habían puesto para “defender los derechos humanos”, especialmente los de las mujeres, en Afganistán. Se suelen llamar “aliados”, aunque cada vez tienen menos reparos en identificarse con su nombre real: OTAN. No hicieron nada en la República Democrática del Congo (allí obtienen ya sin dificultades el coltán que necesitan Nokia, Sony, Motorola y compañía) o en Túnez, Siria, Egipto, Ruanda, Burundi, Etiopía… Ahora tampoco mueven un dedo en Somalia: al parecer, una hambruna gigantesca para once millones de seres humanos no tiene nada que ver con los derechos humanos o con la protección de la población civil; al parecer, a los gendarmes del mundo rico les parece demasiado costoso barrer del mapa a Al Shahab, una milicia integrista que controla la zona y presentada como afluente de Al Qaeda.
Esos integristas islámicos de Somalia son la encarnación del mal por no permitir el acceso de las organizaciones humanitarias a la zona en conflicto. Sin embargo, los israelíes son adalides de la democracia en Oriente Próximo aunque (o porque) no permiten el acceso de la Cruz Roja y las sucesivas Flotillas humanitarias a la Franja de Gaza.
El Banco Mundial, institución altruista de primer orden, va a destinar 348 millones de euros para paliar la hambruna existente en el Cuerno de África, pero previamente ha sumido en la pobreza o ha esquilmado, por acción u omisión, a medio planeta los recursos económicos mínimos para la subsistencia. De los doce directores ejecutivos del BM cinco son elegidos por los cinco países que tienen mayor número de acciones (EE.UU., Japón, Alemania, Francia y Reino Unido) y los siete restantes por la Junta de Gobernadores, cuya composición está bajo pleno control de los países poderosos. El número de votos de cada país es proporcional a su riqueza y a la suscripción de capital, de tal forma que, por ejemplo, EE.UU. controla el 16,38% de los votos, mientras que 24 países africanos juntos controlan el 2,85% del total.
Para no ser menos, el FMI lleva treinta años destruyendo con su política abiertamente neoliberal la economía agraria de la zona y el modo de producción agraria pastoril de Somalia, a la vez que ha ido exigiendo devaluaciones continuas, recortes en el gasto básico social, privatizaciones a gogó y una delirante compra de armas, lo que ya en 2001 desembocó en una deuda externa de Somalia de 2.562 millones de dólares y en una absoluta dependencia del exterior en forma de ayudas a pagar a precio de oro. No obstante, los poderosos protegen con esmero las reservas somalís de uranio, hierro, estaño, yeso, bauxita, cobre y gas natural. Un país potencialmente con recursos suficientes se ve así abocado a la miseria.
Pues bien, el FMI, entre cuyos objetivos principales está “facilitar el comercio internacional y reducir la pobreza”, cuenta con 187 países miembros (ab ovo e in aeternum presididos por un estadounidense y dirigidos por un europeo), cuyo poder de voto depende del tamaño de su PIB, cuenta corriente, reservas internacionales y otros elementos económicos. Dado que EE.UU. posee el 16,74%, tiene también poder de veto sobre las decisiones tomadas por el FMI, mientras que 24 países africanos juntos poseen el 1,34%. Hablando de vetos, es un escarnio internacional el derecho a veto, veleidosamente ejercido en no pocas ocasiones, de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, China y Rusia).
El Gran Hermano económico-financiero vela por nosotros. Nos bombardea con palabras hermosas, que en sus manos son globos pinchados: libertad, democracia, seguridad, progreso, riqueza… Las palabras hermosas son minas antipersona para buena parte de los seres humanos. Estamos en sus manos, en manos de los grandes beneficiarios de ese Gran Hermano, en manos de los más ricos de los países ricos, que poseen montañas de dinero y un poder omnímodo para hacer lo que más les convenga a sus intereses. Diseñan un grupo de entes, demiurgos, títeres y entidades de voracidad infinita y dispuestos a devorarse mutuamente al menor descuido. Manejan mercados, controlan movimientos, rechazan regulaciones y miradas indiscretas, deciden el destino de miles de millones de seres humanos.
Montan asimismo ciclópeas organizaciones con estatutos biensonantes donde reúnen a centenares de países con voz de pacotilla y voto de humo. ONU, FAO, Unesco… OMC, BM, FMI, BCE… OPEP, UE, OEA, OTAN… Bonitos teatros de marionetas en los que cada persona puede ser espectadora de cómo la manejan sin remilgos. Diseñan desastres financieros para enriquecerse, globalizan su mercado para que el beneficio sea el mayor posible, califican como antisistema a todo cuanto se les oponga.
Nos queda la rebelión de las mentes y de las vidas. Afirmar con fuerza que otro mundo es posible y ponernos de inmediato manos a la obra. Esgrimir la utopía como medio inalienable para alcanzar un mundo realmente humano, justo y libre, a sabiendas de que optar por la utopía no equivale a optar por lo imposible o lo irrealizable, sino por el grado máximo y óptimo del mundo y de la vida. De paso, es posible también arrancar del ámbito de lo maldito palabras como rebelión, revolución, rebeldía, insurrección, desobediencia o resistencia, y devolver su auténtico significado a palabras como paz, justicia, libertad, solidaridad, igualdad, derechos humanos, derechos cívicos, derechos laborales…

viernes, 29 de julio de 2011

El pájaro y la bala


Mi amiga Pilar S. Infante me envía este poema que no resisto compartir ahora contigo

En los tiempos que corren

es peligroso confundir las balas con los pájaros

La bala por ejemplo

no tiene corazón ni tiene plumas

no le interesa el cielo ni viaja con las nubes

no hace nido en los árboles

una bala tiene por nido el corazón de un hombre

por costumbre la muerte


Una bala no debiera vivir

Pero en tiempos de guerra

uno debe aprender

a distinguir los silbos de una bala y un pájaro

Hay que cuidar a cada amanecer

como si fuera el último

Hay que aprender a distinguir los silbos

y eso es sólo posible

si uno entiende de pájaros.

Adrián Desiderato (poeta argentino)

martes, 26 de julio de 2011

Stephen Hawking da una vuelta por Zaragoza




Hace unas semana, el profesor Miguel Miranda señalaba desde estas páginas que Stephen Hawking no podría acceder al Paraninfo de la Universidad de Zaragoza por tener unas escaleras de acceso tan hermosas como inaccesibles y al mismo tiempo carecer de una simple rampa de acceso para personas que necesitan utilizar una silla de ruedas. Redondeaba su atinado artículo diciendo que la ciudad es para todos los ciudadanos, no solo para los estetas.

 No pocas personas están en el mismo caso que Hawking; por ejemplo, yo mismo. Alguna vez me he armado de valor y, tras acceder precariamente por la parte trasera del Paraninfo y con el auxilio de algunos empleados ser conducido hasta la planta a través de laberínticos pasillos y un más que exiguo ascensor, he podido ver la exposición o asistir al acto deseados, para finalmente tener que deshacer el intrincado camino y poder regresar a la calle. El flamante edificio fue restaurado e inaugurado en 2008 por los reyes de España, acompañados por las más altas figuras de la política y la cultura aragonesas. Al parecer, todos admiraron y encomiaron la belleza del edificio restaurado, pero nadie tuvo ojos para percatarse de que allí no había rampa de acceso ni adivinó las heridas interiores que pueden ir dejando los obstáculos y las barreras externas.
Hawking tampoco podría entrar en casi ninguna oficina de correos ni empujar las pesadas puertas de une entidad bancaria, salvo que fuese auxiliado por una o varias personas. En el caso de que tuviera la fortuna de encontrar algún negocio o tienda accesibles, tendría que haber recorrido antes trayectos con bordillos poco amistosos y algunos pasos de peatones en los que quedarían atrapadas sus ruedas.
Si fuera funcionario y tuviera que ir a su Mutualidad para solicitar alguna prestación o un simple talonario de recetas, se toparía con unas estrechas, empinadas e inaccesibles escaleras y un ascensor aún más inaccesible. Es decir, por sí solo se quedaría sin prestación o sin talonario. Si quisiera preguntar, reclamar o contratar algo, por ejemplo, en una oficina de seguros, se quedaría en la calle, mirando los magníficos letreros y las inaccesibles escalinatas de no pocas compañías de seguros de postín. Si buscase el asesoramiento de un abogado o la consulta de un médico, su primera preocupación sería si ese despacho o esa consulta son accesibles.
Si como consuelo resolviese tomar algo en un bar o una cafetería para compensar un poco tanta frustración, tampoco le resultaría fácil acceder a buena parte de los locales, pues el bordillo o las escaleras de la entrada se lo impedirían. Ni que decir tiene que el problema se agravaría si desease ir a un restaurante. La mayor parte de ellos no son accesibles y entrar en buena parte del resto requeriría que empleados o acompañantes subiesen a pulso su silla de ruedas. Después, Hawking se quedaría pensando en lo buena que es la gente y en lo ajena que es casi toda a la presencia de barreras arquitectónicas.
Hawking tocaría madera sobre todo si tuviera urgencia de ir a los servicios. Para minusválidos hay pocos, muy pocos. Normalmente, el servicio de un establecimiento público es una cuestión de suerte y de azar: salvo alguno accesible e incluso preparado para discapacitados, se toparía con servicios estrechos e inadecuados, algunos de ellos ubicados en angostos sótanos, así que Stephen Hawking debería salir bien evacuado de casa o tener una vejiga y un intestino con un aguante de campeonato. Como se le ocurriera, en fin, ir al cine, iría aviado, pues no pocas de las salas de cine equivaldrían para él a escalar el Aconcagua.
De los autobuses para qué hablar. A pesar de la propaganda oficial, quedan muchas líneas sin rampa para sillas, y el deficiente mantenimiento de las rampas en los buses que las tienen deja más de una vez al discapacitado con un palmo de narices: “no funciona”, “no baja”, “no sube” la rampa, hasta llegar incluso a que todos los viajeros deban cambiar de bus porque la rampa se ha estropeado. De los trenes, tres cuartos de lo mismo. Si hay AVE o si hay Alvia, Hawking podrá viajar en tren. De lo contrario, se tendrá que quedar en casita. Dicho de otro modo, si quiere ir a Madrid, AVE. Si Alicante, Alvia. Si Murcia, por ejemplo, a joderse toca.
En efecto, Stephen Hawking no podría subir la escalinata del Paraninfo, y asimismo se quedaría con unos cuantos kilos de impotencia y frustración si pretendiera darse un garbeo en su silla de ruedas por no pocos lugares de esa Zaragoza tan hermosa, ahora tan patas arriba, tan progresista, tan del pueblo, salvo que en algunos sitios se vaya en silla de ruedas.

lunes, 25 de julio de 2011

Soñando un poco

Anders Behring Breivik había acabado ya trescientas tonelas de explosivos en su granja de Rena. Se sentía muy satisfecho y se puso a imaginar los próximos y glorosos atentados contra los marxistas y los islamistas y los traidores a la raza europea. Se sentó en una de las cajas y encendió un cigarrillo.
Ni la policía científica ha podido identificar tiras de su cuerpo de más de dos centímetros. Un mechón de su cabello rubio aún flota por los confines de la ionosfera.

Una idea, un odio común

Artículo que hace pensar mucho y bien de mi amiga Ana Cuevas, publicado también en ECOS

La muerte te puede alcanzar por muchos motivos. Estar vivo, sin duda, es el origen de todos. Pero existen toda clase de factores genéticos, accidentales o meramente geográficos que condicionan no solo tus expectativas de existencia, también la calidad o la miseria de la misma. No es igual ser escandinavo que nacer en el Cuerno de Africa, por ejemplo. Los nórdicos y rubicundos noruegos o daneses disfrutan de un estado de bienestar envidiable mientras que pueblos como el somalí padecen una hambruna que provoca éxodos masivos. Pero paradójicamente, en sitios tan dispares hay personas que mueren víctimas del racismo. O mejor dicho, del clasismo criminal de los que se creen con derecho a decidir sobre la vida o la muerte de otros. Puede tratarse de una masacre perpetrada por un vikingo neotemplario dispuesto a liberar a Europa de la plaga musulmana y marxista que al parecer la invade, como sucedió en la isla noruega de Utoya. O puede ser aún más maquiavélico, como ocurre con Somalia. El aumento de los precios de los alimentos en el mercado mundial, las guerrillas que obstaculizan la llegada de ayuda y, sobre todo, la pasiva tibieza de organismos internacionales como la propia ONU, son las rafagas de hambre que disparamos desde el Norte contra el Sur. Tanto la crisis humanitaria que sufre Somalia como el caso de los jóvenes noruegos progresistas asesinados a sangre fría, son crímenes que proceden de una ideología común. El noruego Behring actuó movido por la islamofobia populista que emplea exhaustivamente la derecha. En nuestra propia TDT es un tema omnipresente. El acoso al inmigrante, la supuesta supremacía racial o religiosa y el desprecio a otras culturas son lugares comunes entre las corrientes fascistas y neonazis que florecen en el norte de Europa y en nuestra propia casa. El capitalismo salvaje que gobierna el mundo se mueve en la misma dirección que estos fanáticos. Solo que el sistema, primero agarra el botín manchado de la sangre de sus víctimas para después cerrar las fronteras que le protegen de la legión de los parias. Y sencillamente, los mata de hambre.
Ana Cuevas

Madurez inacabable…


Como seres vivos, también los seres humanos estamos sometidos  a un proceso biológico de maduración: somos engendrados, nacemos, crecemos, alcanzamos el desarrollo pleno, nos reproducimos, envejecemos, morimos... Por otro lado, nuestra conducta y personalidad no son explicables sin tener en cuenta también el constante aprendizaje al que hemos estamos sometidos desde el primer instante de nuestra vida  y por el que nos vamos adaptando al entorno en que vivimos. Maduración y aprendizaje se unen simbióticamente para modelar nuestra vida en el mundo.
Sin embargo, esto podría inducirnos a suponer erróneamente que la vida recorre una parábola, cuyo vértice se alcanza a una determinada edad, y más allá del cual todo parece encaminarse hacia la decrepitud. Se puede propender entonces a  empeñar todas las energías en alcanzar cuanto antes este estado (antes del cual se considera al individuo imperfecto e inmaduro) y a mantenerse en él a toda costa (pues tras él parece que solamente esperan la jubilación y el acabamiento final). Así, en unas épocas surge el culto a quien supuestamente ha alcanzado su plenitud en la vida, mientras que en otras se admira ante todo a lo joven, a su fresca belleza y a sus presuntas inagotables ganas de vivir, al mismo tiempo que pulula en el ambiente una cierta prevención contra lo gastado, lo viejo.
Por otro lado, dada la complejidad de la vida social, profesional y económica, se da con frecuencia una desconexión cada vez mayor entre la maduración física de los individuos y su madurez personal. Observamos a veces cuerpos enormes con mentes bastante infantiles, así como personas entradas en años con espíritus un tanto subdesarrollados, y es que la madurez está muy lejos de ser un producto que adviene automáticamente tras una alimentación rica y equilibrada o la sucesiva celebración de cumpleaños.
Quizá vivimos en un mundo donde la madurez, como tal,  tiene cada vez menos valoración, pues apenas otorga “rango social”, y se admira más un cuerpo bien desarrollado, joven, vigoroso. Hoy “vende” primordialmente la apariencia, el aspecto externo y nos quieren vender sobre todo la imagen del “triunfador”.
Sin embargo, la madurez  hunde sus raíces en regiones recónditas de uno mismo, allá donde sólo se oye nítidamente el silencio de la vida, donde todo reposa en sí mismo, con la máxima aspiración a vivir con intensidad y coherencia. La madurez trabaja cada día por mantener relativamente intacta el alma, por no tener dueños, por ser dueña solo de sí misma. La madurez desea lo óptimo desde la perspectiva de las posibilidades reales y a la vez repasa sin reproches cada línea de su propia biografía.
Sin embargo, la vida espanta a veces por su dureza. No siempre es así, claro está, pero basta con mirar las hondas cicatrices marcadas a veces en la carne del corazón y la carne del alma, como decía Lorca, para cerciorarnos de su aspereza. Alguno, llegado a una determinada edad, no gana para sustos y sobresaltos cada vez que se coloca ante el espejo: las primeras canas, las primeras arrugas, los primeros achaques, las primeras agujetas... Le invade el miedo a envejecer, a dejar de ser joven. Quisiera detener el tiempo, negar el devenir, borrar la muerte, ahuyentar el catabólico proceso.
El miedo a envejecer encubre otros sufrimientos y zozobras: se tiene la impresión de tener en la vida un gran número de asignaturas suspendidas, pendientes, cuando, en realidad, es cada uno, en el rincón más profundo de su interior, el que se castiga por haber “fracasado” (aún tanto por hacer, tanto por conseguir, tanto por ser, tanto por tener, anto por llegar, tanto por demostrar...).
Deberíamos ser capaces de amar entrañablemente cada arruga dibujada en nuestro rostro. Son huellas en la historia de cada persona, besos de la vida (amorosos, traicioneros, apasionados, cicateros, rutinarios, intensos...), testimonios imborrables de tantas tragedias y comedias que han desfilado ante nuestros ojos o abrasado nuestras entrañas, de las risas y de los llantos, del dolor insoportable, del miedo, del fuego, del placer ilusionado... Cicatrices indelebles, que nos han regalado jugosas e insospechadas perspectivas, la comprensión sin ira, la vibración de las emociones tranquilas, la sabiduría poliédrica de la realidad.
En cada etapa de nuestra vida podemos vivir el instante, succionar su médula, acariciar su núcleo, compartirlo con el amante, dejarlo prendido para siempre en nuestra frente. De hacerlo así, sea cual fuere nuestra edad, será señal de que estamos avanzando por las sendas de la madurez inacabable...

domingo, 24 de julio de 2011

Una historia gore y de sexo duro en la Biblia


Esto es un resumen en versión libre de los capítulos 19, 20 y 21 del Libro de los Jueces, integrante de la Biblia judeocristiana, y por consiguiente, inspirado –según sus seguidores- por Yahvé, su dios. En cualquier caso, quien desee leer estos capítulos en su literalidad debe ser consciente de que para los adeptos al judaísmo y cristianismo se trata de la palabra de dios. Ni más ni menos que cualquier otro libro de la Biblia. Queda por saber por qué explicaban y siguen explicando en las iglesias solo historias como la de Moisés y las tablas de la ley con sus diez mandamientos o las bienaventuranzas de Jesucristo, y no dieron ni siguen dando noticia de esta historia, presuntamente sagrada, pero también una historia gore y de sexo duro. Seguramente, tras la lectura, las mujeres se sentirán con razón especialmente indignadas y cabreadas. 


Capítulo 19. Érase una vez un levita que se casó con una mujer de Belén de Judá, cuya principal virtud no era precisamente la fidelidad conyugal: al poco tiempo, le fue infiel y lo abandonó, teniendo que volver a la casa de su padre en Belén  Como el levita seguía enamorado de su mujer, fue en pos de ella, llevando consigo a un criado y dos asnos, para hacerla volver. Finalmente, el levita convenció a su mujer y  logró ponerse de regreso a casa con ella.
Cuando el sol se estaba poniendo, llegaron a la ciudad de Loma, cuyos habitantes pertenecían a la tribu de Benjamín. El levita, que, al parecer, no destacaba por tomar iniciativas rápidas, se quedó en la plaza de Loma, esperando que alguien les invitase a pasar la noche en su casa. Allí permanecieron hasta que un campesino anciano, al verlos allí, tan cansados y pasmados, formuló al levita la pregunta filosófica por antonomasia: "¿De dónde vienes y adónde vas?" , y tras una breve conversación, les invitó a pasar la noche en su casa, dio de comer a los asnos y sus huéspedes se lavaron los pies, comieron y bebieron.
Todos estaban pasando un rato agradable, cuando los hombres de la ciudad rodearon la casa y comenzaron a golpear la puerta, diciendo al anciano campesino: "Sácanos afuera al hombre que entró en tu casa para que tengamos relaciones sexuales con él". Pero el dueño de casa les dijo: "No, hermanos míos, no obréis tan perversamente, porque ese hombre es mi huésped. ¡No cometáis esa infamia!”.
El anciano, hombre de gran corazón, queriendo evitar que sus convecinos abusaran sexualmente del levita, les hizo otra proposición: “Yo tengo a mi hija, que es virgen: os la voy a sacar y abusáis de ella y hacéis con ella lo que queráis. Pero no cometáis semejante infamia con ese hombre".
Sin embargo, como aquellos hombres de Loma no quisieron escuchar al anciano, el levita, que no tenía nada que envidiar a su anfitrión en generosidad y altruismo, tomó a su mujer y la sacó afuera. Ni que decir tiene que aquellos hombres de Loma se aprovecharon de ella y la maltrataron durante toda la noche hasta la madrugada. Cuando ya amanecía, la soltaron. La mujer llegó arrastrándose hasta la casa donde su marido dormía como un lirón y se desplomó a la entrada de la casa. Allí quedó hasta que clareó.
Por la mañana, su marido se levantó, abrió la puerta de la casa y salió para continuar su camino. Al ver a su mujer, que estaba tendida a la puerta de la casa, le dijo: "Levántate, vamos". Pero como ella no respondía, el hombre la cargó sobre su asno y reemprendió el camino hacia su pueblo. Seguramente, su mujer estaba ya muerta o medio muerta.
Cuando llegó a su casa, agarró un cuchillo, cogió el cadáver de su mujer y partió en doce pedazos su cuerpo. Luego los envió a cada una de las tribus de Israel.
Capítulo 20.  El marido compareció entonces ante la asamblea de Israel y dio una versión de los hechos algo sesgada: “Mi mujer y yo llegamos a Loma de Benjamín para pasar la noche. Los del pueblo se levantaron contra mí, rodearon la casa de noche intentando matarme, y abusaron de mi mujer, que de resultas murió.”
A los israelitas entonces no se les ocurrió otra cosa mejor que consultar a su dios, Yahvé, cuál de las tribus debía ir a la guerra contra los benjaminitas (=pertenecientes a la tribu de Benjamín).  Dios, ni corto ni perezoso, en lugar de aconsejar la paz y recordar su mandamiento de “no matarás”, lo deja bien claro: “Judá”.
Tras mucho luchar, acaban muriendo en la batalla 20.000 israelitas, por lo que vuelven a consultar a Yahvé: ”¿Volvemos a presentar batalla a nuestra tribu hermana de Benjamín?” Y Yahvé responde con seguridad y aplomo: “Atacad”. Nueva batalla y 10.000 israelitas muertos. Nueva consulta a Yahvé, y final y felizmente los israelitas ganan la batalla, dejando 25.100 benjaminitas muertos, tras de lo cual entran en Loma y pasan a cuchillo a toda la población. A renglón seguido, persiguen al resto del ejército derrotado y matan a otros 25.000 soldados benjaminitas. Redondean su marcha guerrera triunfal, pasando a cuchillo a todo lo que encontraban, “desde las personas hasta el ganado”, e incendiando todas las ciudades que encontraron.
Capítulo 21. Sin embargo, los israelitas (como se ha visto, hombres de bien donde los hubiera) se plantearon un grave problema de conciencia: “si hemos exterminado a todas las mujeres de Benjamín, ¿cómo proveer de mujeres a los supervivientes benjaminitas?”. Como los israelitas habían jurado no entregar a sus hijas a los benjaminitas, dieron entonces a estos las siguientes instrucciones:
“Como está cerca la fiesta del Señor que se celebra cada año en la ciudad de Silo, apostaos en las viñas que circundan la ciudad y cuando las jóvenes de Silo salgan a danzar en coros, salid de las viñas y raptad cada uno a una muchacha. Os las lleváis y de inmediato volved a vuestra tierra”.
Y así lo hicieron. Y todo y todos quedaron en paz.  Y colorín colorado.
¿Palabra de dios?
¿dios?

¡¡MILAGRO!!

video

lunes, 18 de julio de 2011

Hace 75 años...


Los mercaderes nos cuentan cuentos


 Nos habían pintado un mercado ideal, donde productores, vendedores y compradores de un mismo producto o servicio establecen en armónico equilibrio los precios. Hablaron incluso de una “competencia perfecta”, en la que el precio es el resultado natural de la interacción entre la oferta y la demanda. Para ellos, el mundo se compone de millones de compradores y vendedores que viven, respiran, consumen y fijan precios de forma libre, natural y espontánea. A su vez, las empresas deciden cuánto producir y los consumidores cuánto adquirir en el plácido balanceo de las “curvas de demanda” y los “equilibrios parciales” del mercado, que siempre es “libre”, pues el precio de los bienes y servicios son acordados civilizadamente por los vendedores y los consumidores, mediante las leyes de la oferta y la demanda, y la libre competencia.
Adam Smith hizo famosa la “mano invisible” del mercado, cual divina providencia en el mundo económico, que exige a los humanos el sagrado deber de garantizar la competencia, capaz por sí misma de determinar con justeza y justicia los precios, la oferta y la demanda de los productos. Con tal de que no se meta por medio el Estado, la mano invisible, al compás de las leyes objetivas de la oferta y la demanda, compensa cualquier desequilibrio y regula las oscilaciones económicas dentro del mercado libre y equitativo, por encima de los intereses y las pasiones individuales de los hombres.
Otros, como F. A. von Hayek, llegan a afirmar que todo es consecuencia de un “orden espontáneo” en el mundo natural y económico: así como existen el lenguaje, la música, los gobiernos y las leyes como respuesta natural a unas necesidades concretas, de igual modo el sistema de los mercados ha surgido de forma espontánea como vía óptima  para alcanzar el progreso y el bienestar,  con tal de que los Gobiernos e instituciones no interfieran en ese proceso espontáneo y natural de la oferta y la demanda.
Sin embargo, desde el inicio mismo del liberalismo la libertad y el justo equilibro brillaron por su ausencia, comenzando por la raíz misma de las relaciones económicas: la compraventa de la fuerza de trabajo de los productores a cambio de un salario y en la que el capital obtiene una plusvalía. Desde entonces, una sola constante ha permanecido inalterable: una minoría se ha enriquecido a costa de la inmensa mayoría de la población. Las leyes y los sistemas han sido impuestos por esa minoría, que ha financiado y eliminado a su antojo campañas, candidatos y grupos ideológicos y de presión. Finalmente, en un proceso constante de oligopolios y monopolios financieros el desequilibrio económico se ha hecho mundial, en pos de mano de obra cada vez más barata y de materias primas en países subdesarrollados salvajemente explotados.
Por lo mismo, sus mercados supuestamente libres se han ido quitado la careta sin el menor sonrojo para implantar un mundo económico mundial sin regulación alguna y sin ningún control. Pululan diariamente por las redes invisibles de los mercados financieros enormes cantidades de dinero, equivalentes al PIB de muchos países desarrollados, sin que nadie pueda y ose poner coto legal a los negocios sin límite de “los mercados”. Sacan a relucir cada día Wall Street o las Bolsas de Tokio, Frankfurt o Londres, pero jamás hablan de las islas Caimán, Cook, Vírgenes o Man, paraísos fiscales por los que pasa el 50% de las transacciones financieras mundiales y donde está depositado impunemente el 23% de los depósitos bancarios del mundo. Nos aturden noche y día hablando de terrorismo internacional y de seguridad mundial, pero ocultan que el peor de los terrorismos es el terrorismo financiero que perpetran.
En los medios aparece profusa y crecientemente la eufemística expresión “los mercados”, donde desde la estratosfera rica y financiera compran y venden el mundo y la vida. Los mercados parecen sufrir, presionar, ahogar o dar alivio a determinados países, tener euforia o ansiedad devoradora… Pero nada se dice sobre quiénes están detrás de esos “mercados” que juegan al Monopoly con las deudas de los países, que imponen recortes salvajes y reducción del déficit, que tienen en sus manos la soberanía misma de los países. 

Leemos incluso que EE.UU. puede estar al borde de la quiebra y declararse en suspensión de pagos porque para una minoría radical e intransigente reducir el déficit sin subir impuestos constituye un dogma de fe. A la vez, la superempresa financiera JP Morgan Chase, que aprovechó la crisis de las subprime en 2008 para enriquecerse hasta los tuétanos, anuncia que ha obtenido un beneficio neto trimestral de 5.430 millones de dólares, con unos ingresos entre abril y junio de 26.780 millones de dólares. Ese mismo día nos enteramos de que diez millones de africanos están en peligro de morir de hambre.

Más claro, agua.

domingo, 17 de julio de 2011

Para reflexionar



Qué tiene de malo desear a la mujer del prójimo


 
Nos contaron en la niñez que hace muchos años, en el desierto del Sinaí, Moisés tuvo un gran encuentro con Dios. Un día, a los pies del monte del Safsafá aguardaba el pueblo, mientras Moisés ascendía la montaña. Allí su dios le entregó, en unas tablas de piedra, el Decálogo, los mandamientos. El décimo dice así:  “No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él”.
Como se observará, en el décimo mandamiento que muchos, ya talluditos, hemos debido memorizar y recitar, según los dictados del Catecismo (“No codiarás los bienes ajenos”), no se alude explícitamente a los esclavos, bueyes, asnos y demás; mucho menos, a las mujeres del prójimo.
Ateniéndome a la literalidad del texto bíblico, sigo sin comprender qué o quién es "mi prójimo". Se supone, en principio, que es alguien de tu misma especie, que te es "próximo" (bien espacialmente, bien consanguíneamente, bien de algún otro modo ignoto). Echo una ojeada a mi alrededor y puedo identificar a unos cuantos amigos, quizá menos de los que quisiera. Cuento también con unos cuantos conocidos y colegas, con una anónima multitud de desconocidos, y quizá -qué vamos a hacerle- con algún enemigo que otro. Sin embargo, sigo sin saber quién o quiénes son mis prójimos.
Acudamos entonces al clavo ardiendo de vincular prójimo y próximo. Si mi prójimo es mi próximo, ¿puedo desear en tal caso a la mujer de quien no me es próximo? Por ejemplo, la mujer de alguien que no conozco o que esté de viaje por el Caribe, o que ni siquiera sepa quién soy o cómo me llamo o simplemente que le importe un rábano que la desee o no? ¿Puedo, pongamos por caso, desear a Salma Hayek? ¿O a una mujer que no es de nadie? ¿Es que hay mujeres de alguien? ¿O no puedo desear a ninguna?
El mandamiento prohibe codiciar, que, según el Diccionario, significa "desear con ansia". Sin embargo, desear es de lo poco que aún nos queda a los que apenas tenemos algo o casi nada. Si además pretenden privarnos de nuestro derecho a desear, apaga y vámonos. Y es que desear no hace daño a nadie, que yo sepa. ¿Por qué se me prohibe entonces desear, con o sin ansia? ¿Por qué el deseo (ése en concreto) es malo? Si no causa demasiada frustración (ya se sabe, desear implica que no se tiene lo deseado), puede ser incluso buenísimo. Más aún, no desear a alguien puede llegar a ser síntoma de anemia psíquica, amén de no poco aburrimiento, rutina o indiferencia.
Por el contrario, desear a alguien (con o sin ansia, ése es mi problema) significa en cierto modo valorarlo, tenerlo en cuenta, hacerlo objeto de mi aprecio. En cualquier caso, la persona deseada no tiene por qué enterarse de nada. Y aun en el caso de que tuviera noticia de mis deseos, siempre está en su mano responder con un no, que sería de agradecer fuese amistoso y a ser posible adornado con una sonrisa.
Entendería un mandamiento que dijese, por ejemplo, "no desearás mal, daño, perjuicio, soledad, llanto… a nadie" (incluida la mujer o la prima hermana del prójimo), pero desear (a secas) no veo qué puede tener realmente de malo. Probablemente todo se debe a que en los desiertos suelen soplar vientos malhumorados y aumenta la mala leche de los que por allí pasan y los padecen. Y los mandamientos se entregaron en un desierto, el del Sinaí. Como se ve,  al final hay explicación para casi todo.
El mandamiento olvida (¿o no?) también la posibilidad de que las mujeres sean capaces de desear (hasta con ansia) a quien consideren conveniente. ¿Por qué no dice entonces "no desearás al varón de tu prójima"? El décimo mandamiento comete, pues, el error de caer en favoritismos (las mujeres quedan exentas de la prohibición y a los hombres, en cambio, se les reconoce explícitamente como seres deseosos), e incurrir en desprecios (las mujeres aparecen como un saco de mortadela, mas no como personas con capacidad de desear, y los hombres son quizá tenidos por tan feos y horribles que no son capaces de despertar el deseo femenino). Crece y crece así mi mosqueo a medida que pienso en este décimo mandamiento, pues -por poca cosa que sea uno-, tampoco es para que en la propia legislación divina se me tache de tan poco apetecible.
Y eso no es todo. Me parece sumamente improcedente presuponer un mundo de mujeres y de hombres que sean de alguien. La gente no es de nadie, con independencia de la clase de gónadas, inclinaciones y expectativas sexuales que tenga cada cual. Prefiero creer y esperar que el mundo esté habitado simplemente por mujeres y hombres. Libres, iguales, autónomos, independientes. Claro que mientras dios sea tres dioses que propenden siempre a adoptar el género masculino (Padre, Hijo, Espíritu Santo), en vez del femenino (Madre, Hija, Espíritu Santa), hay muy poco que hacer.
En resumidas cuentas, sigue pendiente de dilucidar dónde estriba realmente la maldad del deseo de la mujer del prójimo para que se nos prohiba entre rayos y truenos, entre las terribles nubes del Safsafá.
¡Angelina Jolie, te deseo!

viernes, 15 de julio de 2011

Amenaza tormentas de confesionalidad

Rudi toma posesión de su cargo como Presidenta del Gobierno de Aragón, rodeada de la creme del PP. Setrata de un acto público institucioal. ¡QUÉ PINTA ALLÍ UN OBISPO CATÓLICO LUCIENDO SUS GALAS? ¡Estado laico y aconfesional ya!

miércoles, 13 de julio de 2011

De la dogmática a la moral de cintura para abajo

Publicado el 12 de julio en Izquierda Digital



Hace unos días, en la habitación de un hospital público hizo su aparición un capellán católico, con bata blanca y su cruz bien a la vista. La enferma, en estado terminal, pero consciente, le dijo educadamente que no quería sus servicios y el capellán se fue por donde había venido, mas no sin entregarle antes una estampa, en cuyo reverso se leía una oración a “la Virgen de la Sonrisa” que, entre otras lindezas, decía: “Santa María, Madre de Dios y Madre mía, me arrepiento de haber abortado a mi hijo (…) que ya me ha perdonado (…) Intercede por todos los que han cooperado en el aborto: familiares, amigos, personal sanitario y políticos… para que se conviertan y alcancen perdón. Acoge en tu regazo de madre a mi bebé y concédeme reunirme con él y amarlo eternamente en el cielo”. Aquella invasión en la intimidad y la vida privada de una mujer de avanzada edad y en estado terminal pone de manifiesto, además de la nula sensibilidad de aquel capellán católico (pagado por el Estado español con el dinero de todos los ciudadanos), la obsesión reinante en mundo católico por el sexo, la homosexualidad, los anticonceptivos o el aborto. En sus inicios institucionales, en el seno de la cristiandad se asesinaba, condenaba, exiliaba y guerreaba por defender que Jesucristo tenía una o dos naturalezas o si el Hijo era consustancial al Padre. Desde hace ya tiempo, la dogmática, atada y bien atada, ha dejado paso a la moral, principal, si no exclusivamente, a la moral de cintura para abajo.
Antes, los cristianos se habían pasado tres siglos haciendo cursos intensivos de supervivencia, pues algunas de sus ideas eran consideradas incompatibles con el eclecticismo religioso sobre el que se asentaba el Imperio Romano. Pero llegó Constantino y vio en el cristianismo la vía para unificar ideológicamente el Imperio. A partir de la onírica leyenda formada en la batalla del Puente Milvio, Constantino promulgó en 313 un Edicto por el que el cristianismo era legal y quedaba despenalizado, hasta que su sucesor Teodosio declaró en 380 al cristianismo única religión oficial del Imperio. De la clandestinidad, primero, y la creciente relevancia oficial, después, la iglesia Católica a partir de entonces toca poder a manos llenas. Sin embargo, a juicio de Constantino, el cuerpo intelectual-ideológico de la nueva religión dejaba mucho que desear, pues en su seno existían creencias contrapuestas que cristalizaban en conflictos y enfrentamientos encarnizados entre las distintas facciones cristianas. De hecho, el asesinato de Hipatia de Alejandría tiene lugar en el marco de la hostilidad cristiana contra el declinante paganismo y las luchas políticas entre las distintas facciones de la iglesia católica.
Constantino tomó cartas, pues, en el asunto. Reunió a una serie de obispos en un “concilio” y tras 300 años se dictaminó oficialmente por primera vez que Jesucristo era dios, contra el arrianismo, que afirmaba que solo era un hombre. A partir de ese momento, en concilios sucesivos, el poder civil y el religioso, codo con codo, fueron tejiendo el intrincado entramado dogmático recogido en el “Credo” católico: divinidad del Espíritu Santo (381), virginidad de María, madre de dios (431), Jesucristo, dos naturalezas en una persona (451), la Trinidad (553).
Posteriormente, tras 1.500 años de cristianismo, se sistematizó como dogmas una serie de creencias y costumbres en el concilio de Trento (1545-1563), para ir languideciendo lentamente la actividad dogmática de la iglesia católica, salvo algunos flecos: Inmaculada Concepción (1854), Infalibilidad del Papa (1870), Asunción de María (1950). La iglesia católica llevaba varios siglos sin apenas “definir” algo, especializándose en condenar todo movimiento o ideología que contraviniera en algo su entramado dogmático: por ejemplo, el Syllabus Errorum de 1864 condena, entre centenares de “errores más”,  el panteísmo, el evolucionismo, la enseñanza mixta, el laicismo, el naturalismo, el racionalismo, el socialismo, el comunismo, las sociedades secretas, el liberalismo, etc.…
Con el tiempo, la iglesia católica ha ido tomando una deriva que es común a las instituciones ya muy esclerotizada: ya no se habla de dogmas, no interesa la elaboración intelectual de las ideas, sino que se hace hincapié en el terreno de la moral, de “su” moral. Así, en el ámbito de la moralidad han elaborado sus propias reglas, mostrando básicamente especial preocupación por la moral que discurre de cintura para abajo. Por ejemplo, ateniéndonos a lo que escriben y predican los obispos católicos hispanos, sus intereses primordiales giran alrededor de la sexualidad, principalmente para criticar, denostar y condenar. Lanzan sus invectivas contra las relaciones sexuales prematrimoniales, contra la búsqueda del placer sexual y la satisfacción de la libido al margen de los fines reproductivos. Relegan al ostracismo sexual a la persona homosexual, pues para ellos cualquier manifestación y práctica sexuales atentan contra los principios básicos de la ley natural. Incluso muy recientemente, el jefe supremo del catolicismo en Alcalá de Henares ha editado una guía práctica para “curar la homosexualidad” e invita a las personas gays a leer textos bíblicos que condenan esa “perversión”. Lanzan también sus huestes a la calle en defensa de lo que conciben como familia verdadera y presentan el aborto y el derecho a decidir de la mujer como la peor de las plagas morales de la humanidad contemporánea. Los anticonceptivos son vitandos y execrables, e incluso llegan a la aberrante postura de prohibir moralmente el uso del preservativo en los casos de grave riesgo de contraer el sida.
Sin embargo, callan, por ejemplo, ante los casos de abusos sexuales de niños y de niñas a manos de curas y clérigos pederastas. Ratzinger cerró la investigación y el proceso contra Maciel, fundador de los legionarios de Cristo y abusador confeso de centenares de muchachos, debido “a su avanzada edad y quebrantada salud”. Solo en Estados Unidos, según un estudio de la Junta Nacional de Revisión, 4.392 sacerdotes fueron acusados del abuso sexual de 10.667 menores entre 1950 y 2002.   En febrero de 2004, una investigación revela que más de 4.000 sacerdotes norteamericanos se han visto envueltos en acusaciones de abusos sexuales en los últimos 50 años implicando a más de 10.000 niños, la mayoría chicos. No hubo denuncias por parte de la iglesia católica, que trató de encubrir a toda costa los casos más flagrantes, incluso recurriendo al chantaje a las víctimas. Viendo la avalancha de indemnizaciones que la iglesia católica norteamericana  debía pagar, optaron por la altruista postura de declararse en quiebra, para que los juicios pendientes y futuros se resolvieran en cortes federales de bancarrota. Así las cosas, pone los pelos de punta pensar qué ha podido ocurrir en países tradicionalmente católicos como Italia y España.
El actual ardor moralista católico no impele, sin embargo, a denunciar o combatir posturas y actos radicalmente contrarios a los derechos humanos y a oponerse a los devastadores efectos de la crisis económica. Aún está por convocar una manifestación dominguera de las huestes católicas españolas en contra de los ingentes beneficios económicos de las entidades financieras y las grandes empresas en nuestro país. Aún está por ver un obispo oponiéndose al desahucio de una familia por no poder pagar la hipoteca de su vivienda. Aún está por escuchar una condena de los gastos militares en el mundo, de la explotación laboral de los niños en el Tercer Mundo, de la prostitución infantil. Aún está por nacer una crítica a las guerras preventivas, a la política de cuasi exterminio que Israel penetra contra el pueblo palestino, a los paraísos fiscales y a un largo etcétera más de tropelías contra la ética fundamental.

Robos, dineros y expropiaciones


 Publicado hoy en El Periodico de Aragón
Todos parecían estar conmocionados y pesarosos tras el robo del Códice Calixtino en la catedral de Santiago de Compostela. Como si se tratara de una novela de Raymond Chandler, la llave estaba puesta en la caja fuerte donde se guardaba el códice y los clérigos responsables del archivo catedralicio tardaron varios días en darse cuenta de su desaparición. En la tele algunos expertos equipararon el valor “incalculable” del Codex Calixtinus a las Meninas de Velázquez o la Alhambra de Granada, pero tras tanto encomio y tanta valoración apareció la cruda realidad: el códice no estaba asegurado, no había cámaras de seguridad dirigidas a la caja fuerte y algunos intentaban consolarse diciendo que el robo debía de haber sido perpetrado “por encargo”, por lo que su nuevo dueño no podría hacer ostentación de semejante tesoro, pasándose entonces del onanismo erótico-sexual a una nueva modalidad onanista: el onanismo bibliográfico.
Otros clérigos católicos se apresuraron a proclamar a los cuatro vientos televisivos que “la iglesia no tiene dinero para…” y sesudos especialistas en biblioteconomía, patrimonio artístico y seguridad escribieron sobre los enormes fallos de seguridad de que adolecen muchas obras de arte en España, principalmente en las catedrales e iglesias abiertas al público, por lo que muchos comenzamos a suponer que, en breve plazo y a pesar del persistente turbión de la crisis económica, los millones iban a llover para el mantenimiento del nebuloso “patrimonio artístico-cultural”. En el ínterin, nadie ha dimitido aún: ni un obispo ni un deán ni un archivero ni un directivo de alguna empresa de seguridad ni un cargo del ministerio de Cultura. Nadie se hace responsable o parece haber conocido la chapuza celtibérica de esperar que la divina Providencia cuide de los tesoros sitos en museos y archivos catedralicios y diocesanos. Más aún, una vez más queda bien claro el principio de que “la culpa ha de ser siempre de otro”.
Al declarar un alto cargo del Ministerio de Cultura que el códice y otros tesoros culturales son “bienes de la Iglesia y a la vez patrimonio de todos”, me vinieron a la mente también otros casos análogos, como los “bienes de la Franja”, en litigio cainita entre diócesis católicas y tribunales eclesiásticos, supuestamente propiedad de la iglesia católica y a la vez “patrimonio del pueblo aragonés”, y me asaltó la misma pregunta de otras veces: a quién, diablos pertenece finalmente el  Códice Calixtino, quién es, a fin de cuentas, su propietario legal. Más allá de las motivaciones viscerales, por encima de los populismos cachiruleros, compostelanos o de cualquier otra localidad, la respuesta es tumbativa: los códices, hostieros, retablos, custodias, arquetas, custodias, cruces, etc. son propiedad de una institución privada denominada “iglesia católica, apostólica y romana”, perpetuamente dispuesta a recibir el dinero del Estado para conservar y guardar lo que en el ámbito civil algunos siguen empeñados en tener por “patrimonio común” del pueblo español (aragonés, gallego….). Una vez todo restaurado y puesto como un pimpollo, la iglesia católica cobrará entrada y establecerá horarios de visita a la ciudadanía con cuyo dinero se llevó a cabo la “conservación del patrimonio nacional”. Propietarios, sí, pero de ningún modo responsables de esos descuidos de poca monta que desembocan en robos del siglo.
En esta misma línea, en la Comunidad de Madrid se ha rebasado con creces los límites de la más decorosa compostura: por un lado, Esperanza Aguirre obliga a los centros escolares públicos madrileños a entregar una llave y poner a disposición un funcionario para el albergue y acogida de los “peregrinos” que en agosto acudan a la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid; por otro lado, a los pocos días nos enteramos de que el comité organizador del evento, presidido por el jerarca supremo del catolicismo visigótico, Rouco Varela, va a cobrar de 10 a 18 euros a cada “peregrino”, para “facilitar la logística y contribuir a los gastos del evento”. Eso sin contar los 25 millones de euros sufragados por las arcas del Estado y otros 25 millones donados por importantes empresas privadas, con las consiguientes desgravaciones, además de los 10.000 agentes de seguridad que estarán presentes esos días en la capital de España, lo cual hace preguntarse a más de uno si tan peligroso ha de ser considerado el señor Ratzinger o si a su fundador, Jesucristo, le hubiese gustado hacer su última entrada a Jerusalén con tamaña fuerza de seguridad o si al presunto primer obispo de Roma, Pedro, le hubieran cortado la cabeza con semejante ostentación de seguridad, papamóvil incluido.
Los bienes y tesoros situados en espacios propios de la iglesia católica, incluidos esos mismos espacios han de estar sujetos a las leyes comunes sobre la materia del Estado español. En casos extremos, en principio no deseados, para eso están también la confiscación y la expropiación de bienes por interés social y por el interés general del pueblo.

viernes, 8 de julio de 2011

Un árbol del Parque Labordeta

Ahí está, irrelevante, como un olvido del jardinero del Parque Labordeta de Zaragoza. Seco, aparentemente muerto. Llevo dos años saludándolo cuando me acerco en mis paseos por allí. En verano es un monumento al desahucio oficial. En primavera, sin embargo, hay algo dentro de ese árbol que le hace brotar alguna rama verde como un himno a la vida. Ese árbol se resiste a la muerte total. Vive, sacando fuerzas de flaqueza. Yo me quedo mirándolo, de algún modo converso con él. Incluso se lo he enseñado a quien aprecio y pasea conmigo cualquier mañana. Era muy joven cuando compuse mi primera canción con letra del poema de Lorca: "Chopo muerto". Ahora, ya viejo, alguna vez canto esa canción a ese árbol, amigo mío.

jueves, 7 de julio de 2011

Pretenden no dejar ni morir en paz


Hace muy pocos días, una gran amiga de una muy buena amiga mía, falleció en el Hospital Miguel Servet, de Zaragoza. Por lo que sé, descansó en paz y de modo ejemplar, tras una larga enfermedad.
En sus últimos días, ya en estado terminal, pero consciente, apareció en su habitación un capellán católico, con bata blanca y su cruz bien a la vista. A ese capellán aún (¡!) lo pagamos todos con el dinero de todos, por el Concordato de 1953 y los Acuerdos de 1979 entre el Estado español y el Estado del Vaticano.
Aquella mujer, educadamente, le dijo que no quería sus servicios. El capellán se fue por donde había venido, pero no sin entregarle antes una estampa. La “Virgen de la sonrisa”, de Toledo, ocupa el anverso. En el reverso hay un texto, que ese capellán (¿tiene algo de sensibilidad?) entregó a aquella mujer enferma y de avanzada edad.
He aquí unos cuantos párrafos del mismo (la totalidad puede leerse en la imagen que acompaña esta nota):

ORACION
Santa maría, Madre de Dios y Madre mía,
acudo a Ti pidiendo ayuda y consuelo.
Me arrepiento de haber abortado a mi hijo.
Alcánzame la gracia de llorar Contigo al pie de la cruz.

La Iglesia, que es madre, me enseña
que mi hijo goza ya del infinito amor del padre en el cielo
y me ha perdonado.
(…)
Intercede por todos los que han cooperado en el aborto:
familiares, amigos, personal sanitario y políticos…
para que se conviertan y alcancen perdón.

Acoge en tu regazo de madre a mi bebé y concédeme
reunirme con él y amarlo eternamente en el cuelo.


¿Cuándo dejará de haber capellanes católicos y de cualquier otra confesión, pagados por el Estado? ¿Cuándo dejarán de entrar en las habitaciones de los enfermos si previamente no se ha solicitado una visita de tal guisa? ¿Cuándo dejarán de conducirse como garrapatas con cualquier enfermo indiscriminadamente? ¿Semejante individuo es consciente de que está metiéndose en la conciencia y en la vida privada de una persona? ¿Cuándo resolverán los de su especie su obsesión por el sexo, la homosexualidad, los anticonceptivos, el aborto? ¿Para cuándo un Estado realmente laico y aconfesional?

miércoles, 6 de julio de 2011

Maestros y poder


Carta a un amigo


Fotografía de Primo Romero http://primo.com.es/
Publicado en El Periodico de Aragón
Querido Nacho. Me asusté mucho cuando me dijeron que habías salido malherido de la brutal agresión de la policía en la  calle La Gasca y me alegra que ya estés más recuperado. No quiero entrar en la cuestión de la conveniencia o inconveniencia de vuestra okupación de un inmueble, si bien me decías que, de momento, únicamente lo estabais limpiando y adecentando, pues no quiero que ese árbol dificulte la visión de la totalidad del bosque. También supe que no os desalojaron del edificio, pues habíais decidido quedaros fuera, en la calle, sobre la acera. A resultas de lo allí sucedido, no quiero imaginar lo que podría haber ocurrido dentro, sin cámaras ni testigos.
Acabaste en el hospital, con múltiples contusiones y heridas, producto de las patadas. Sé que eres una persona convencida de que el pacifismo es la vía adecuada en cualquier situación o acción reivindicativa. Más aún, me dijeron que insististe a tus compañeros para no dar argumentos a vuestros detractores al utilizar actitudes o actos violentos. Tú mismo me contaste al día siguiente que, en pleno fragor de aquella mañana, dijiste a los policías que podíais ser sus hijos o sus hermanos. Yo te creo, Nacho; te conozco y te creo. Sé que dices la verdad al contar que, mientras un policía te pisaba la cara contra el suelo, otros te pateaban el cuerpo y otro más te rompió de una patada en los testículos. Poco pudieron ver los compañeros, fotógrafos, periodistas y curiosos, pues los policías habían formado un semicírculo para ocultar la escena, pero tu cara y tu cuerpo delatan el troglodítico proceder de aquellos policías, y ya no orinas sangre, menos mal, menudo susto tuvimos en el cuerpo todos, especialmente tus padres.
No soy capaz de adivinar qué pasaba por la cabeza de esos policías que actuaron con tan extrema violencia contigo. Reciben el nombre de “agentes del orden”, pero, viendo lo que hicieron, no quiero ese orden para mi país ni para su gente. Imponen orden, sí, pero solo el que conviene a los que se autodenominan también “gente de orden”. Son llamados “fuerzas de seguridad”, pero su violencia puede producir muy poca seguridad a cualquiera. Desconozco qué les exigen para ser policías, pero ante todo debería inculcárseles que han de ser ejemplo de civismo para toda la ciudadanía y que el empleo de la violencia debe ser siempre proporcionado. Precisamente por eso, están de más las patadas y los insultos a una persona como tú, hasta dejarte inconsciente y tirado como un guiñapo en la calle, entre la gente que pedía una ambulancia  e intentaba reanimarte inútilmente.
No quiero olvidarme del buen trabajo que la policía lleva a cabo en otros ámbitos y a veces en circunstancias penosas o arriesgadas. Todos se lo agradecemos y lo valoramos. Pero he visto a la policía en Barcelona, en Zaragoza, en Grecia, en Siria y en muchos otros lugares de Europa y del mundo, y en todos los casos hay un mismo común denominador: atacan a los que poco o nada tienen, a los indignados, a las víctimas del desorden mundial y la crisis económica, y defienden los intereses de los ricos, de los que engordan su riqueza con la carroña de quienes van quedando en la cuneta. Me pregunto si alguna vez esos policías caerán en la cuenta del cometido real que están desempeñando. Seguramente, muchos de ellos contestarán que se limitan a cumplir órdenes, ignorando así que la excusa de “yo cumplo órdenes” está en la base de las fechorías y crímenes de muchos regímenes totalitarios. No he visto policías deteniendo a un empresario por perpetrar un ERE injusto y criminal, a los financieros responsables de esta crisis, a los tres ejecutivos de Bankia que cobrarán 10,1 millones de euros al año, a cuantos consienten que en España haya más de 1,2 millones de viviendas desocupadas. Estos y otros muchos como ellos son los verdaderos delincuentes, pero no los detienen,
Me extraña también el silencio de los partidos políticos que se dicen de izquierdas en Aragón. Dejo al margen al PSOE, en tierra de nada ni de nadie desde hace ya demasiado tiempo, pero miro a CHA e IU y parecen no haberse enterado de nada, no enterarse de nada. Me pregunto en qué está quedando eso que antaño decíamos con orgullo: izquierda. Me pregunto qué entienden y que pretenden realmente esos grupos políticos con su “oposición constructiva”, también si han decidido que hechos como los del jueves pasado en la zaragozana calle La Gasca no les concierne.
Solo me resta pedirte que sigas así y no cambies, que la violencia institucional no haga vacilar tus convicciones pacifistas, que sigas creyendo que otro mundo es posible. Gracias por ser mi amigo. Un fuerte abrazo