martes, 17 de diciembre de 2013

Diario de un perroflauta motorizado, 146


Érase una vez un perroflauta motorizado que se pasó la mañana de hoy solo, solito, solo.

Hasta que llegaron hacia las 12 Marga y Maribel cuando sonaba el himno católico del Pilar por los altavoces de la basílica

Y después Mercedes y otra Mercedes más, Miguel Ángel y José Luis (“cierzo rojo”  en alguna red social, que ha tenido el detalle innecesario, pero magnífico, de regalarle al perroflauta motorizado un espléndido libro de las mejores fotografías de National Geographic).


Y llegó la guinda del pastel al final de la mañana con unos niños y niñas del Colegio Compromiso de Caspe, de la ciudad de Caspe, que han posado con su profesora en este fotografía.

Hoy no ha hecho tanto frío. Cada vez más gente con paquetes y compras por la calle Alfonso. Cada vez más niños subiendo y bajando por la calle Alfonso, en filas de a dos, supervisados por sus profes, que van a visitar el macrobelén que el Ayuntamiento zaragozano ha montado sobre buena parte de la plaza del Pilar. Es navidad, dulce navidad. Jingle bells.
“Por qué nos felicitamos las fiestas, las navidades?”, se pregunta Mairena. Y entonces, cual perpetuo aguafiestas, aparece mi amigo Federico, Federico Nietzsche, saliendo por peteneras. “¡Felices navidades!”, nos decimos, “y no quiero entrar en la palabra ‘navidades’ sino en ‘felices’. En mi tierra decimos ‘Fröliche Waihnachten’ (el equivalente a vuestro felices navidades)  y vamos desgastando la palabra ‘felicidad’, vaciándola de contenido”.

“Vale, pero todo merece la pena solo por ver a los niños y las niñas felices”, tercia una mamá que acaba de salir de una cercana tienda de Disney. “Señora”, prosigue Nietzsche, mirándola fieramente, “a lo que voy es por qué no nos deseamos igualmente ‘felices escuelas’. Hace años escribí un libro cuyo título tradujeron aquí como ‘La gaya ciencia’ (‘La gaia scienza’, como yo mismo subtitulé el original en italiano). ‘Gay’, ‘gaya’ significa alegre, desenfadado, festivo, jovial, vital, y así debería ser siempre el saber y el aprender y el enseñar y la escuela misma”, concluye Federico Nietzsche.
“Es que el saber y el conocimiento en las aulas  poco tienen que ver con la vida real de los niños, los púberes, los adolescentes y los jóvenes”, remata Mairena, “cuando en realidad la filosofía, la ciencia, el arte -si aspiran a llegar a la mente y al corazón del ser humano - deben ser un ‘sí a la vida’”.

   Recordó en aquellos momentos el perroflauta motorizado que al principio, hacia sus dieciocho años,  no acababa de entender el título de aquel libro que tanto le gustaba. “Gay” ha derivado en un significado relacionado primordialmente con homosexual, ignorando así que originalmente quiere decir “alegre” y “divertido”. De hecho, como acababa de explicar su amigo Federico, Federico Nietzsche, el adjetivo alemán fröhlich es el titulo de su libro “La gaya ciencia” y el que se emplea (“feliz navidad” “gaya navidad”) cuando los germanos se felicitan las navidades. “¡Qué deprisa pasa el tiempo!”, pensó suspirando  el perroflauta motorizado al recordar aquellos remotos años de su primera lectura de “La gaya ciencia”. La ciencia, el saber, los libros, las asignaturas, el aprender, las clases, la escuela… deben ser “gayas”, “gais”.
Y su corazón latió gayamente mientras seguía desfilando gente por la calle Alfonso.
¡Gayas navidades! ¡Gayas fiestas! ¡Gaya escuela pública y laica!
(Incluso estaba aún más contento, aunque no se lo había contado a nadie, porque en una cafetería cercana no le quisieron cobrar el cortado que se había tomado poco antes de situarse en el portal de la Consejera).

Con un abrazo gay (allá tú con la interpretación), te dejo aquí Humoresque No. 7, Op. 101, de Antonín Dvořák



Hasta mañana

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