domingo, 3 de julio de 2016

Diario de un habitante del valle, 744


Esta mañana ver el sol entrar por la ventana de mi cuarto ha sido un alivio: la noche ha estado sembrada de parches y pastillas de nitroglicerina, pues el corazón está aprendiendo a andar y tropieza, me ama más cada día que pasa (el amor es, pues, fugaz…) y requiere sin tregua atención, como el más abominable de los amores.

Wittgenstein ha entrado esta noche en la casa de mi cabeza como un ladrón de antifaz, linterna y ganzúa. “Todas las proposiciones tienen igual valor”, me dice nada más entrar en mi cuarto. “Vale, el gusto es mío”, le respondo sin ganas y sin fuerzas. Pero él viene en son de paz y armonía, parece con muchas ganas de ayudarme. Toma una toalla de mi armario, me seca el sudor de la cara y del cuello, y con sonrisa de amigo me explica: “Antonio, el sentido del mundo debe quedar fuera del mundo. En el mundo todo es como es y sucede como sucede: dentro de él mundo no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no tendría ningún valor”. “No estoy ahora para estas cosas, Ludwig”, le interrumpo, pero él sigue hablando con la misma voz tranquila (la necesito, necesito esa voz y ese tono de voz…): “Por lo tanto, puede haber proposiciones de ética. De hecho, las proposiciones no pueden expresar nada más alto”, prosigue.

Ética…”, se me escapa la palabra como un suspiro. “Ya sabes, Antonio, se suele malentender la ética: se la pretende presentar como un ‘tú debes’, pero en realidad la ética brota, nace, surge cuando uno se pregunta a renglón seguido ‘¿y qué si no lo hago?’. La ética  empieza a existir desde la rebelión a a lo establecido y cuando se libra del posible premio o castigo. En realidad, sí hay un cierto premio o castigo éticos, pero no provienen de fuera, sino de la acción ética misma”.

Recuerdo especialmente una frase del Tractatus, Ludwig. Me llegó al alma. En ella te pareces mucho a Albert Camus: ‘El mundo de los felices es distinto del mundo de los infelices’”. Wittgenstein sonríe. “Te recuerdo más frases del Tractatus, Antonio”:

- En la muerte el mundo no cambia, sino cesa.  La muerte no es ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive.
- Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente. Nuestra vida es entonces infinita en cada instante.
- Ahora bien, si nos referimos a una presunta inmortalidad temporal de una presunta alma humana, esto es, su eterno sobrevivir aun después de la muerte, no solo no está garantizada de ningún modo, sino que tal suposición no nos proporciona en principio lo que merced a ella se ha deseado siempre conseguir. ¿Se resuelve quizás un enigma por el hecho de yo sobreviva eternamente? Y esta vida eterna ¿no es tan enigmática como la presente? La solución del enigma de la vida en el espacio y en el tiempo está fuera del espacio y del tiempo.
- No es lo místico como sea el mundo, sino que sea el mundo. La visión del mundo sub specie aeterni es su contemplación como un todo –limitado-. Sentir el mundo como un todo limitado es lo místico.
- Para una respuesta que no se puede expresar, la pregunta tampoco puede expresarse. Si se puede plantear una cuestión, también se puede responder.
- Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a si mismo; esto es lo místico.
- De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

 Wittgenstein se fue. Me dio tanta pena que no tuve otra opción que tomarme otra Cafinitrina.




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